lunes, 11 de mayo de 2015

Rayas

Anteayer me desperté con rayas en el pecho. Solo que no eran rayas, eran arañazos. Me quedé mirando fijamente al espejo del baño mientras tocaba suavemente las costras a ver si eran de verdad. Me giré y también tenía en la espalda. Es como si me hubiese querido quitar la piel mientras dormía, como una serpiente. Que cuando despertase pudiese ser otra persona, que está dentro de mí, que quiere salir. Pero no puede.

Ayer me volví a despertar con rayas. Esta vez estaban debajo de la nuca. Y también en el costado. Así que me corté las uñas. Me deshice de todo lo blanco hasta el borde con toda la precisión que fui pacientemente capaz. Después, me pasé una lima por el borde de las uñas, para asegurarme que no raspasen. Luego, me vestí y salí a la calle a pesar de todo. Hacía sol, del que molesta, del que te hace cerrar los ojos hasta que casi solo disciernes sombras andando por la calle. Me pasé el día con mis gafas de sol, para ver como si viese a oscuras.

Esta mañana me he vuelto a levantar con rayas, rayas moradas.

lunes, 4 de mayo de 2015

El hombre del café solo

Está ahí todos los domingos. Mi mujer y yo le conocemos como "el hombre del café solo". Es un hombre mayor, de unos 50, de unos 50, mayor, con gafas desfasadas, camisa a cuadros, pantalones kakis y botas de monte. Le empieza a escasear su pelo oscuro probablemente teñido y posee unos rasgos cuadrados y duros. Todo lo que hace lo hace con intensidad. Llega a la cafetería todos los domingos a la misma hora. Pide un café solo, la mínima consumición que puede hacer. Recoge dos periódicos del local y se sienta. Los pone uno encima de otro en la mesa y los lee. No solo los lee, los analiza y desmenuza. Parece que está intentando descifrar el patrón de letras del periódico, como quien descifra un mensaje secreto codificado. Mira fijamente el periódico. No mueve los ojos ni cuando cambia de columna.

Cuando termina sus dos periódicos, unas tres horas y un café después, vuelve a su casa lentamente. Vive a unos quince minutos, pero a él le cuesta veintitrés. Entra en su portal recién reformado y llama al ascensor. Respira profundamente varias veces. Abre la puerta haciendo un sonido sordo y entra. El elevador sube con parsimonia piso a piso, hasta el primer piso. Luego hasta el segundo. El tercero. El cuarto. Así hasta el octavo. Sale del ascensor y saca las llaves de su bolsillo. Espera unos segundos eternos delante de su puerta con las llaves en la mano, en posición de abrir la puerta.

Abre la puerta y no escucha nada, huele. Siempre huele a comida. Todos los domingos huele a cocido maragato, lo que desemboca en lunes y martes de sopas y croquetas. Su madre le saluda desde la cocina, pero él no dice nada. Se quita las botas y se pone unas zapatillas de casa a cuadros. Arrastra los pies hasta el salón y pone la tele mientras es absorbido por el sofá. La fórmula uno tiene un ronroneo que le distrae. Les ve como dan vueltas y vueltas hipnóticamente al mismo circuito. Todos los domingos. Cuando no hay Fórmula 1, motos, cuando no, tenis. En este caso prefiere las chicas. Van todas con esas minifaldas sensuales, a la vez que pegan grititos a cada golpe. Se las imagina a cámara lenta.

Todo hasta que su madre le llama a comer. Comen en silencio, sin hablar. Y vuelve al sofá con su segunda lata de cerveza de marca blanca a medio terminar. Se queda dormido viendo el telediario. Asesinatos a sueldo, violencia de género, desapariciones, todo condensado en 10 minutos. Luego 2 minutos con el nuevo delfín del zoo de San Diego. Se despierta a las seis. Siempre va a dar un sorbo a la cerveza y ya se le ha calentado. Su madre se ha sentado en el sofá de tres piezas a coser.

Se levanta al baño, y vuelve al poco. Sigue en el sofá viendo la tele y bebiendo cerveza, hasta la cena. Tortilla francesa con un poco de jamón. La serie familiar nocturna y a la cama. El lunes ya no pasa nada. Ni el martes. Tampoco el miércoles. El jueves no va a a ser menos. El viernes ya es tarde. El sábado es fiesta. Y el domingo. El domingo es el día del café solo. Y hoy es domingo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Gafas Nuevas

Es complicado comprarse gafas nuevas. Sobretodo por que al ponértelas no sabes si te quedan bien o mal. Te miras al espejito de la óptica y ves que llevas algo en la cara, es como un difuminado. Lo estás viendo a través de unas lentes de plástico sin graduar. La vendedora me dice que "es lo que se lleva ahora" y me enseña otras que "resaltan los ojos" y luego otras que "alargan la cara". Mi novia me sugiere otros modelos con los que estoy "más guapo todavía", pero no me convencen. Por fin, encuentro unas que parecen negras, pero si las miras bien tienen trazas marrones. En la parte interior son de un azul verdoso claro. Me recuerdan a mi, así que me decido por esas.

Al cabo de un par de semanas me paso a recogerlas. La dependienta se acuerda de mí cuando me ve y me saluda. "Ahora mismo", me comunica, y se retira un momento al cajón de las gafas. Es un desván gigante de gafas dentro de sobres blancos con el nombre del cliente escrito en tinta azul. Después de revolver los sobres, encuentra el mío y me lo aproxima al mostrador. Abre el sobre y me entrega las gafas nuevas para que me las pruebe. Las coloco sobre mis orejas y la primera sensación es que me estorban un poco, son un poco más pesadas que las anteriores. Me miro al espejo y no me termino de ver. Parezco otra persona. Dudo de por qué he escogido ese par en concreto, hasta que veo el reflejo marrón y me hace sonreir. Me observo de nuevo en el espejo y sí es verdad que me dan unos trazos más rotundos, en cuanto antes mis lentes pasaban desapercibidas.

El primer día después del estreno, me notaba con más confianza. Eran las gafas. Al verme en el espejo con mi nueva imagen, me daban más empaque, más seguridad. La gente con la que hablaba, parecía que me prestaba más atención, y mi discurso era el de alguien seguro de si mismo. Ese día, había quedado a comer con mis padres. Me preguntaba que me dirían de mi renovado aspecto.

Llego a casa de mis padres y me reciben como siempre, mi madre me da dos besos y mi padre está con la bata leyendo el periódico en el sofá del salón. Saludo a mi padre también y me quedo charlando con él hasta que mi madre termina de hacer la comida. Nos juntamos alrededor de la mesa de la cocina y comenzamos con el primer plato, el arroz (que no paella). Como de costumbre, hablamos de todo un poco y de que hemos estado haciendo. En un momento dado mi madre me comenta:
- Vaya, te quedan muy bien esos pantalones.
- ¿Los pantalones? - le respondo sorprendido.
- Si, los pantalones, es el color - me reafirma mi madre.
- ¿Y no te has fijado en mis gafas nuevas?
- No se.. a ver.. ah sí, ya decía yo que te veía un poco raro.
- Por que lo has dicho tú, yo tampoco me había fijado - añade mi padre.



martes, 5 de noviembre de 2013

Con las manos

"Pasillo 6-24". Cojo un poco de carrerilla y salto encima del carrito cargamuebles. Estoy a punto de estamparme contra el 6-22 y me bajo y freno con los pies antes de que sea demasiado tarde. Mi acompañante se ríe mientras viene hacia mi. Al llegar a mi altura, me abraza mientras nos damos un beso. Juntos cargamos la pesada caja llena de partes de sifonier o sinfonier o chifonier, que no cómoda. El carro empieza a desviarse hacia la izquierda, así que arruina mis carreritas por el gigantesco almacén. Llegamos a la caja y nos tenemos que cobrar nosotros mismos. Hay un chaval de la tienda, pero anda ocupado con unos señores mayores que no les funcionan los cupones.

Por fin llegamos a casa y nos disponemos con el montaje. Todo es seguir las instrucciones llenas de minitareas y utilizar unas herramientas básicas. Acaricio sus labios mientras termina la estructura y me dispongo con los cajones. Enrosco un tornillo con el destornillador en la tabla frontal, inserto un taco en una tabla lateral y los encajo. Lo mismo con el siguiente lateral. Y la parte de atrás. Me enfrasco con el siguiente, y para cuando me doy cuenta la parte de mi cerebro educada para acometer tareas repetitivas entra en marcha y sin pensar voy montando uno tras otro.

Ahí está terminado. Un cajón está un poco torcido y tiene un golpe en un lateral de un martillo desbocado y no se si pega bien con el resto de muebles o mi daltonismo me ha vuelto a jugar una mala pasada. Aún así, la contemplamos con orgullo. No hay nada como lo que has hecho con tus propias manos. Es como en los restaurantes de comida rápida en los que te sirves tu mismo. Juegan con esa satisfacción de lo hecho por uno mismo. La satisfacción que te hace olvidar que tiene la menor cantidad posible de sucedáneo de madera para que no se caiga. Que te hace olvidar que probablemente muchas empresas familiares tendrán que cerrar por esos grandes almacenes. Que te hace olvidar que posiblemente a la larga no es sostenible redecorar tu casa cada dos años. Que te hace olvidar que la empresa quizás tenga prácticas poco éticas. Pero es tu puto sinfonier o como se llame.

jueves, 31 de octubre de 2013

Cómo hacer que tu alcalde visite tu peluquería y yo no.

Como de costumbre, llamo a mi peluquería para concertar una hora. Llego puntual y lo que pasó a continuación fue una escena de otras épocas rayando lo bizarro. La mejor manera de explicarlo es haciendo una lista.

Cómo hacer que tu alcalde visite tu peluquería

- Saludarle nada más que llega por la puerta.
- Llamarle por el nombre de pila. Llamarle por el diminutivo, "Javi".
- Hacerle sentir como en casa. Dejarle corretear por la parte de atrás de la peluquería y toquetear los productos capilares.
- Dejar de lavar el pelo a una señora, ante su cara de estupefacción, para lavárselo a él.
- Reírle las gracias. 
- Recortarle la barba.
- Despedirle todos los empleados diciéndole su nombre.

Cómo hacer que yo no visite tu peluquería

- Saludarme con la mirada cuando llego.
- Hacerme esperar después de haber cogido hora sin disculparse o decirme unas palabras para que no me impaciente.
- Colar a Javi, que llega más tarde, sin pedir disculpas ni permiso.
- No llamarme nunca por el nombre a pesar de tenerlo apuntado en la agenda y que he ido varias veces.
- Hacerme sentir que molesto por allí y solo me hace caso la aprendiz que lava el pelo.
- No decirme nada cuando le digo que no me corte tan corto como la última vez y que así por el mismo precio hacía menos trabajo.
- No seguirme la conversación. Hablar con otros compañeros de la peluquería como si yo no estuviese.
- No ofrecerse a recortarme mi perilla.
- Que me despida solo el de la caja después de cobrarme.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Billares Diagonal

Comenzó su ritual. El día antes, no jugaba, olvidaba por completo su condición de profesional del snooker. Dos días antes se entrenaba en alguna sala de la ciudad. La organización le dejaba usar sus instalaciones, de lo que se aprovechaban sus rivales, ella no. Prefería no tener contacto con el lugar antes de la competeción, era mala suerte. Quería sorprenderse, adaptarse a las circunstacias. Su primera eliminatoria era contra el sueco "Big S" (Gran S) Stevensson, conocido por sus dos metros y sus largos brazos. Problemente no sería rival, su juego defensivo dejaba mucho que desear, solo sería cuestión de tiempo que cometiese un error.

En la habitación del hotel se puso su traje nuevo para el torneo. Camisa blanca, chaleco interior y traje negro. Mientras se miraba al espejo, recogió el pelo rubio en una coleta recta y se dió un poco de laca. Todo tenía que ser como si fuese el día del campeonato. Si había una cosa que no toleraba eran esos zapatos, fue la primera del circuito mundial que se puso unas zapatillas negras en vez de esos zapatos. Es que el tacón no era ni alto ni bajo. A pesar que se televisaban, nadie parecía haberse dado cuenta, excepto por otros profesionales que comenzaron a imitarla, incluso los chicos que no tenían que llevar tacón.

Se maquilló como si fuera a salir en la televisión y repasó en el teléfono inteligente el salón de billar más cercano al hotel, "Billares Diagonal". Allí se desarrollaban campeonatos amateur de snooker. Tomó su pequeño maletín donde guardaba su taco de dos piezas y se dirigió hacia la dirección. Conformaba la esquina de la Avenida de la Liberación con la calle General Rami.

El lugar era peculiar. Parece que había sido alguna tienda de moda antes, ya que la fachada estaba conformada por dos escaparates por los que se veía el vacío interior. A la derecha, había una extraña mesa de billar americano blanca y de formas rectas. Parecía de los 80. A la izquierda se veía una mesa de snooker de nogal, custodiada por un gran perro tumbado junto al cristal. Era uno de esos perros de piel marrón y arrugada sobre si misma. Beth solo pensaba en el entrenamiento, y cómo el perro se pasaría el día masticando el bajo del pantalón.

Entró por la puerta de cristal, y no parecía haber nadie. La luz era tenúe, palpitante. Por lo menos las mesas tenían cada una su luz para poder ver el tapete. Continuó por el local, buscando un encargado. El espacio principal daba a otro más pequeño en un lateral, donde había otras mesas, incluídas unas de air-hockey y una máquina de tirar a canasta. También había dos chavales de unos 15-16 años dándose un morreo contra la pared pensando que no había nadie. Beth arqueó las cejas y volvió a la entrada. No quedaba más remedio que usar la mesa del perro.

Sacó todas las bolas pacientemente de los hoyos y las dispuso sobre la mesa, Las rojas en forma de triángulo y las de colores, a lo largo de una "t" imaginaria. Enroscó el taco y pasó un poco de tiza por la punta. Flexionó la rodilla izquierda y apuntó hacia la bola blanca. Quería aproximar lo más posible y suavemente la blanca a las bolas rojas y obligar a que el contrincante imaginario rompiese y así aprovecharse de la situación. Echó el pecho hacia delante y la mano izquierda la dispuso a modo de apoyo en el tapete, mientras sujetaba el extremo opuesto con la derecha. Movió varias veces el taco solo doblando el codo izquierdo, mientras calculaba la fuerza con la que perpretar el tiro. Bajó la cabeza hasta rozar la barbilla con la madera y ganar precisión. Un par de amagos más y la cabeza entizada conectó con la blanca. Rodó lentamente por el tapete, tan suavemente, que cuando al final conectó con las bolas rojas, éstas, ni se inmutaron.

- Muy buena apertura. - Esto se lo dijo un hombre mayor con una barba desaliñada.
- ¿Es usted el encargado de aqui? - Le contestó Beth mientras se erguía.
- Puede - vaciló mientras se rascaba su nariz ciranesca. 
- Venga, no me tome el pelo.
- Ja,ja, sí, lo más cerca de un encargado puedo ser yo.
- Me gustaría alquilar la mesa durante todo el día, sin perro claro.
- Mmm.. ¿Participas en el campeonato mundial?
- Puede. - respondió Beth con una sonrisa mientras se ajustaba la coleta.
- Ja,ja.. pillado.. je,je. Oye, si me ganas, tienes todo el día gratis. Si gano yo.. bueno.. si gano yo..
- ¿Que pasa si gana usted?
- .. si gano yo.. pagará usted el día claro, y tendrá que hacerme un favor.
- .. No se si me gusta por donde va esto.. ¿Qué favor?
- Ir a por mi comida. Verá, hay sitio a unas cuantas manzanas de aquí, que hacen un bocadillo de pollo al horno con salsa césar que es increíble.
- Está bien. ¿Quien comienza?
- Me toca a mí, ya que tú ya has comenzado.

Había comenzado a llover. En otra época las calles puede que fueran nuevas y estuvieran raseadas, pero ahora tendían a llenarse de charcos. Otra vez, Beth metió su zapatilla derecha en un charco salpicando la pernera del pantalón. Había empezado a odiar el bocadillo envuelto en papel que llevaba en la bolsa de plástico blanca. En ella se encontraba un dibujo de una gallina trazado en rojo y se leía "Pollos Asados Lorenzo, hechos con paciencia y tiento".  El pelo lo tenía suficientemente mojado para que no importase. Lo que no sabía si tendría solución era lo del traje, no diseñado para soportar condiciones atmosféricas diferentes a 21 grados en un entorno seco y sin viento.

Al llegar, se encontró con Billares Diagonal cerrado. "Tendrá cara el tipo", se dijo para si misma. Se resguardó bajo un portal al lado, mientras esperaba a que escampase, por lo menos para poder volver a su hotel y cambiarse. Su estómago emitió un rugido apoteósico. Tanto, que una señora embutida en un abrigo de piel falso, que pasaba por delante con su paraguas, le miró con desaire.

El bocadillo realmente era inigualable. El pollo parecía que lo habían barnizado en miel antes de asarlo. El pan, no era un pan cualquiera, era lo suficientemente blando como para absorber el jugo del pollo asado, pero lo suficientemente duro para no reblandecerse. La salsa también tenía un toque especial, llevaba cilantro y albahaca.

El primer día de competición, "Big S" humedeció los pantalones. Justo en la zona de vacío entre las dos nalgas, donde se condensa el aire humedecido y se convierte en agua, ya que no tiene donde escapar. La silla se le estaba quedando pegada al culo, mientras observaba los precisos golpes de su rival. Siempre pensaba que comenzaría la remontada, emulando a Maurice "Mo" Barnes y sus heroicidades. Pero Beth "Sour Eyes" (Ojos Agrios) Norman había vuelto a su antiguo ser, Beth "Stone Eyes" (Ojos de Piedra) Norman.






lunes, 28 de octubre de 2013

prioridades

Lo que tenía en mi lista de cosas importantes, de repente ya no sirve.
El sitio donde me veía en unos años, empieza a difuminarse en mis pensamientos.
No distingo el sitio por donde iría correr por las mañanas.
El aire del monte ya no me despierta la cara.
Tampoco está mi casa mirando a la sierra con desdén.
Apenas saboreo el café que me tomaría en el desayuno.
Llego al trabajo, y lo que estaba diseñando está desinflado, como deshaciéndose.
No sitúo los puntos de ancla de los trazos del programa de edición.
El ordenador parece cerrarse sobre si mismo,
Se derrite convirtiéndose en una masa viscosa de color metálico.
Me dispongo a leer el libro que me compré,
y ya no me interesa, me parece aburrido.
Pongo un poco de Rollins Band para distraerme,
Apenas puedo distinguir la voz de Henry, ya no comprendo lo que dice.
Paso a intentar escribir algo, para desahogarme,
las palabras no van fluyendo una detrás de otra.
Escribo dos palabras y ya no se que quería decir.
Todo lo que estaba haciendo, ya no tiene valor, no tiene sentido.
Todo lo que iba a hacer tampoco.
Nunca lo ha tenido.
Me di cuenta cuando te conocí.