miércoles, 8 de mayo de 2013

días de blanco y azul


días de blanco y azul
de nubes y agua
de dulce y salado
de sueños y despertares
de calma y susurro
de harina y leche
de princesas y vaqueros
de blanco y azul

lunes, 11 de marzo de 2013

Tuik tuik

(dedicado a @patxitaxi).

Nunca pido un taxi. Ni cuando tengo prisa. Ni siquiera cuando está lloviendo. Pero ese día de tormenta sí. Me había pillado en Barcelona, en el barrio de Gracia, el que siempre me descubre cosas nuevas y sorprendentes. Mi anfitriona durante mi breve estancia no disponía de una llave extra, así que debía llegar hacia las 10 de la noche. O más tarde a riesgo de tener que esperar hasta la mañana a que saliese de su trabajo nocturno.

Había decido caminar desde la tetería china donde me encontraba, ya que las conexiones de metro no eran las idóneas. Y de un día tranquilo, surgió la tormenta. Me refugié en el saliente de una tienda mientras me sacudía mi camiseta con un astronauta verde dibujado, en un estúpido convencimiento de que así se secaría.  Mientras caían los rayos y los truenos me fijé en mi improvisado refugio. Estaba cerrado con una persiana, pero que dejaba ver su oscuro interior. Puse mi mano izquierda en posición horizontal sobre mis cejas y me pegué a la persiana. Globos terráqueos, de todos los tamaños y épocas.

Esperé diez minutos, quince, veinte y la tormenta no amainaba. El aparato eléctrico cesó, pero la lluvia se negaba a hacerlo. Es más, se empeñaba en llover. Había anochecido y miré la hora en el móvil. Me di cuenta que si esperaba demasiado no llegaría a la casa a tiempo. Intenté divisar algún vehículo negro y amarillo, pero no pasaba ningún coche. Miré hacia la izquierda y divisé una avenida por la que circulaban vehículos, así que medio corriendo, me acerqué hasta allí bajo la lluvia.

En seguida vi aproximarse un taxi. Era una berlina normal, de esos coches que pasan desapercibidos, que pueden ser de cualquier marca. Todos son iguales. A mi señal, se detiene y subo en el asiento de atrás. Le digo la dirección y emprendemos rumbo por el carril Bus y Taxi. El conductor es de esos que no conversan mucho. Si no se le hubiese llenado la boca informándome del mal tiempo que hace.

Al parar en un semáforo, me pareció oir un extraño ruido, un "tuik". Abrí del todo mi ojo izquierdo escudriñando todo el taxi. No vi nada fuera de lo usual. El semáforo se puso en verde y el taxi se puso en marcha. Otra vez el "tuik".
- ¿Ha oído eso? - le pregunté al taxista.
- ¿El qué?
- Así como un ruidito, pequeñito.
- Habrá sido algo de la calle.
Inmediatamente, volvió a sonar ese ruido extraño.
- ¡Ahora! - le comuniqué impaciente.
- No, no oigo nada. Disculpe. Solo oigo la lluvia.

Es verdad. Casi se me había olvidado la que estaba cayendo fuera. Pero volví a oír el ruido. Esta vez, estaba seguro de que provenía de la parte delantera del coche. Me olvidé de mi paranoia un momento, y me centré en mirar por la ventanilla como se inmolaba la lluvia.

Continuamos sigilosamente el camino hasta la Barceloneta.
- "No puedo entrar hasta allí, tendrá que seguir andando". Me comunica el conductor.
- "Bueno, a ver si no me mojo demasiado".
- "Si quiere le dejo un paraguas, tengo un par en el maletero de clientes olvidadizos".
- Pues se lo agradecería mucho, no crea.

En cuanto le pagué, el taxista descendió bajo la lluvia y corrió hasta el maletero. Fue entonces que me di cuenta que el "tuik" lo estaba provocando el propio taxista. Lo pude oír cuando pasó por mi ventanilla. Miré por la luna trasera, pero el maletero abierto no me dejaba ver nada. Solo pude observar cómo se desplegaba un paraguas. Cerró el maletero y volvió para abrirme la puerta.

Por fín le pude ver, mientras sujetaba el paraguas para que no me mojase. Estaba oscuro y no podía distinguir bien sus facciones, pero la luz interior del coche era suficiente para ver que llevaba una camisa de rayas  y un pantalón corto. Me fijé, y su pierna izquierda era como metálica. Lo que podía ver de ella, era una gruesa barra cilíndrica de acero en la que estaban enroscados unos cables. Todo ello estaba envuelto en una carcasa de plástico transparente siguiendo la forma de un muslo.

- ¿No has visto nunca una pierna biónica o qué? - Me preguntó el taxista airado al verme que no desvíaba la vista.
- Pues, no, no he visto nunca una.

Sonrió, pero no me respondió nada. Así que salí del coche, tomé el paraguas y me dirigí raudo al apartamento de mi amiga mientras repicaban las gotas de agua. Con suerte, me  la encontré en la puerta del portal. Y me soltó una reprimenda.

- ¡Menos mal que has llegado a tiempo! Casi te tengo que dejar fuera niño.
- Uff.. sí, lo siento - me disculpé con media sonrisa.
- Tú, ¿de donde has sacado ese paraguas transparente con dibujos de princesas? Parece de niña.
- Ehh.. - respondí confuso al darme cuenta que no me había fijado, - no me vas a creer pero.. estaba lloviendo y... me lo he encontrado por ahí.



martes, 26 de febrero de 2013

Segundo 54

Segundo 54. "Algunos todavía creen en algo.. algo escrito en una hoja de papel por los que no tienen nada que decir".. tatareando la canción llego a "Algunos todavía creen en el sufrimiento, y tienen que escribir con una cuchilla en las manos".  La chica que está a mi lado en el autobús me está mirando de reojo como sigo la canción, que escucho con mi reproductor de mp3, solamente moviendo los labios, mientras miro por la ventanilla el paisaje. Tiene los apuntes de la universidad sobre una carpeta azul en el regazo de sus pantalones vaqueros. Mientras lee, tiene la manía de enredarse los dedos por todo su pelo negro. Negro, a juego con su camiseta de los Misfits. Repasa sus apuntes de historia mesopotámica, empezando por las lógicas referencias a Gilgamesh, aunque muy simples, suficientes para imaginarse la vida y miedos de los habitantes de Uruk. Yo seguia con mi música. ".. así que emborráchate con la sangre de tu cristo..".

El autobús para en la estación de servicio de siempre. Esa que tienen todos los platillos para los cafés preparados con una cucharilla y una bolsita de azúcar para ir más rápido cuando llegue la avalancha. Esa donde al conductor le sirven aparte, del otro café. "Veinticinco minutos", anuncian por el interfono del autobús, y una marea de indignación sacude a los pasajeros. Parece ser que hay prisa hoy en llegar hasta el destino. Para cuando me doy cuenta, la menuda chica ya ha cogido su abultado bolso y su carpeta y ha salido del autobús. La verdad que esas zapatillas converse blancas eran silenciosas.

Desciendo de los últimos y aprovecho para ir a desalojar fluídos y tomarme un café. Curiosamente, en este lugar el café de la máquina es mejor y más barato que el de la barra. El resto del tiempo me lo paso en el parking, esperando para reanudar la marcha. Y escuchando: "Quémalo, quema los cielos nocturnos y despedazalos..". Las puertas del autobús se abrieron ".. Donde podemos conducir escuchando 'Until the End' de Battery..". Me senté en mi asiento y me dispuse a mirar como subía el resto de los pasajeros.. "Quizás deberíamos jugar al NHL94..". El conductor se levantó y recorrió el pasillo del autobús contando a los pasajeros. Fue cuando me di cuenta. La estudiante de historia no estaba.

- Perdone, - le dije al conductor mientras me quitaba los cascos- pero falta la chica que se sentaba aqui.
- ¿Y donde coño está? - me contestó bruscamente.
- Pues y yo que sé, - le dije sorprendido por su reacción- solo sé que no está. - alegué. La señora cinquentona que iba en el asiento de delante giró la cabeza, para comprobar quien le estaba retrasando su perfecto viaje.
- Si no viene nos vamos - insistió el conductor.
- Oiga, que tampoco podemos dejar a alguien aqui.
Así que, la señora, no lo pudo evitar e intervino.
- Pues ya la podías ir a buscar tu, que bien que te has pasado el viaje mirándola las tetas.
- Pe.. pero ¿qué me está diciendo?- le contesté.
- La mujer tiene razón chico - comentó el conductor.
Se hizo un sonoro silencio mientras todos los pasajeros del autobús, me miraban.
- Está bien, está bien, ya bajo yo, no insistan.

Volví al edificio de la cafetería-restaurante. Sorpresivamente, estaba medio vacío. Había una pareja bebiendo un refresco y un botellín de agua, mientras el niño de tres años que iba con ellos comía un donuts al que justo acertaba a dar un bocado. También estaban un hombre con barba de dos días, y dos chavales jóvenes. Me acerqué a la zona de los servicios y tampoco. Quizás estaba en el de mujeres haciendo lo suyo. Para mi suerte, justo salía la señora de la limpieza. "Oiga, ¿queda alguien más dentro? Estoy buscando a una chica que..". "No, está vacío, lo siento señor," me contestó. No sabía donde mirar más. Volví hacia el autobús pero ya no estaba en la plaza. ¿Se había marchado? ¿Pero que pasa aqui?

Desde el parking pude contemplar cómo el autobus se incorporaba a la autopista.  Mis ojos no se lo creían. El móvil.  Mierda, lo había dejado dentro. Resignado, me di la vuelta para dirigirme a la estación de servicio cuando la ví. Ví a la maldita estudiante como se dirigía caminando hacia la carretera, con el bolso al hombro izquierdo y la carpeta en la mano derecha.

"¡Eh!¡Tú! ", le chillé, pero ni desvió la vista. "¡Ehh!" Esta vez si que miró hacia mí un segundo, pero no se paró. Así que me apresuré hasta que llegué a su altura y le pude agarrar del brazo.

- Déjame en paz tío - me gritó soltándose el brazo y tirando la carpeta al suelo.
- ¡Eh! He perdido el autobús por tu culpa - le contesté.
- Przzz.. no haber bajado - me resopló dándose la vuelta para mirarme a la cara.
- ¿Te piensas que quería ir a buscarte? Si no se quién eres.
- Yo si sé quien eres, un loco que habla solo en el autobús, seguro que no follas - y se agachó para recoger su carpeta.
- ¿Pero quien te has creído?
- ...
- Además ¿por qué demonios no has vuelto al autobús? - esperé a que se incorporase completamente - No creo que hubiese pasado nada si lo hubieras dicho al conductor.
- A tí que más te dá. ¿Por cierto que escuchabas? Se te veía entusiasmado.
- Pues no lo sé un poco de todo.
- Nada, pues ahí te quedas, yo me piro.
- ¡Eh! ¡pero dime por qué lo has hecho, que yo me quedo aquí colgado!
- Oye.. que si estás aquí, es por tu puta culpa, a mi no me chilles.
- Pero dímelo. Por favor.
- Joder pesao, déjame en paz ¿no? ¡Por que me da la puta gana!

Y con su puta gana se marchó. Así que me puse los cascos mientras volvía a la cafetería y pensaba como arreglar las cosas "Esta gente y estos lugares se van desvaneciendo día a día y estos meses pasan como horas...".


lunes, 18 de febrero de 2013

La calle

De vez en cuando, me aíslo en mi habitación. Busco ese sitio en la aplicación de mapas de mi tableta, y es como si volviera. Miro desde el satélite la que solía ser mi calle, y los que solían ser los árboles que me daban sombra. Nunca he querido volver. Siempre he pensado que si vuelvo me quedaría allí para siempre. Así que me conformo con visitarlo desde el cielo. Mi nariz me recuerda como olía a humedad, y mi piel vuelve a sentir ese caliente frío del invierno.

Hace dos días, volví otra vez, pero no lo encontraba. Desplegué el botón de favoritos: "No se encuentra dicha localización". En su lugar, me sugería un restaurante y una tienda de segunda mano. Extrañado, indagué el lugar en el buscador de internet. Era como si hubiese desaparecido. No había referencias alguna a la calle. Mi corazón empezó a latir más y más fuerte y tiré la tableta en mi cama mientras mis respiraciones se hacían más y más profundas.

A los diez minutos, me calmé y recogí mi tableta. Me puse a buscar vuelos de ida. Había un vuelo al día siguiente, a las 8 de la mañana. De todos modos no dormiría hasta llegar allí, pensé. Enrollé un par de camisetas y pantalones en mi mochila de viaje y llamé a mis clientes para notificarles que estaría ausente unos días.

A las 7:55 de ayer, me senté en el asiento 22D al lado de un hombre de traje gris que no se separaba de su maletín. Durante el vuelo podría comprobar cual era peor película de las 16 que emitían a la vez, pero no podía concentrarme pensando en la calle, necesitaba comprobar que seguía existiendo.

En el aeropuerto de llegada, alquilé un chevy blanco, con gps que incluían aparte para cobrarte más. Me deslicé en el interior tapizado en negro y encendí la pantalla del gps. Mientras el olor a nuevo se peleaba con mis fosas nasales, empecé a escribir las letras de la calle. El gps detectó el resto del nombre, como si alguien ya hubiese buscado antes. Respiré profundamente y apreté en la pantalla para iniciar la búsqueda: "Calle no encontrada". Mierda. ¿Que está pasando?

Todavía eran las doce de la mañana y a pesar del frío brillaba el sol, así que conduje hasta la ciudad de todos modos. No me daba por satisfecho. Según recuerdo, solo tenías que bajar por la calle principal y cada una de calles perpendiculares a la derecha seguía un orden alfabético: Albright, Barret, Coolidge, Dalenberg.. Solo tendría que conducir hasta la H de Homestead. Manejaba el coche despacio para poder fijarme en los rótulos de las calles: Frampton, Gurdy..

Giré en la siguiente calle, pero me resultaba extraña. No me recordaba a nada. Me fijé en una de las casas unifamiliares, ponía "Calle Irwing 1080". No puede ser, ¿me había colado la calle? Giré hacia la derecha para subir a la anterior calle. "Calle Gurdy". Que extraño. Justo como en el mapa, la calle parecía haber desaparecido. Continué por Gurdy y aparqué en un "24 horas" al final de la calle.

Creí acordarme del sitio. Aunque a decir verdad, todos los de la cadena de supermercados parecen el mismo. Entré y me acordaba, el café con sabor a vainilla lo tenían a mano derecha, al lado de las revistas porno tapadas por un plástico negro, en unos termos metálicos y con la tapa negra. Como un autoservicio, colocabas el vaso de papel debajo de la boquilla y apretabas el botón superior. También había unas jarras de leche caliente. Me preparé un café de 1,99 dólares.

Al pagar, aproveché para preguntar por la calle Homestead. El dependiente, un chico de unos diecinueve años, preguntó a su encargado, un hombre mayor que pasaba de los 65:

- Oye viejo, que me preguntan por una tal calle Homestead, a mi no me suena.
- ¿Quién pregunta? - furfulló el viejo canoso echándome la mirada encima. Me miró a los ojos y recorrió con la vista mi cazadora negra y mis pantalones marrones. Él llevaba un delantal de la franquicia sobre su camisa a cuadros y unos vaqueros. -¿Tu no eres de por aquí no, hijo?
- Bueno, según se mire, - le dije con cierta inseguridad.
- ¿Y eso? - me preguntó arqueando las pobladas cejas.
- Digamos que es mi segunda casa..-contesté vacilante.
- Heh, heh, heh... entiendo lo que quieres decir...¿Que calle dices que buscabas? - me preguntó mientras dejaba la escoba con la que estaba limpiando contra el mostrador y se apoyaba las manos en la cintura.
- Calle Homestead.
- Mira, hijo, esta ciudad es muy simple. Las calles siguen un orden alfabético. Mientras que las calles que cruzan que son paralelas a la principal siguen un orden numérico.. desde allí - dijo levantando el brazo derecho- vienen las letras. La paralela es Frampton y estamos en Gurdy. Por lo tanto la siguiente es Homestead. - Terminó su alegato cruzando los brazos.
- La cosa es que, bueno, he pasado un par de veces y no estaba.. - El viejo me miraba a los ojos confundido.. - .. nada déjelo, ya vuelvo a pasar.
- Está bien, lo que sea por ayudar a un compañero extraño.
Me quedé pensativo un rato mientras iba con mi café hacia la puerta. Necesitaba una respuesta más.
- Pero viejo, ¿usted ha estado en la calle Homestead no?
- Si claro, por supuesto, vivía allí.
- ¡Ah! Me quedo más tranquilo entonces. ¿Cómo es que no sigue viviendo allí? Seguro que podría venir andando a la tienda.
- Siempre los mismos árboles, las mismas casas.. no sé..
- Claro. Bueno a ver si la encuentro ahora, gracias.
- Si, seguro, no tiene pérdida, sino la ves enciende las luces del coche hijo, heh,heh,heh..
- Muy gracioso, gracias de nuevo.

Pasé por las puertas automáticas del 24 horas y entré en mi coche. Dejé el vaso de papel en su agujero en el reposabrazos central y arranqué el motor. Miré el cielo y los rayos de sol hicieron que cerrase los ojos. "Está bien viejo", me dije en voz baja, y encendí las luces de posición del coche. Luego las cortas. Salí del parking y torcí a la izquierda, y luego otra vez a la izquierda. "Calle Homestead" se leía. Por fin.

En la segunda manzana, estaba el parque con las dos canastas de baloncesto. Siempre me juntaba con quien quiera que fuese a jugar. Nunca nos preguntamos los nombres, solo jugábamos. Detuve el coche y me acerqué a las canastas. Solía machacar el aro. Ahora parecían más bajas, será el tiempo, que hace que el hierro se retuerza y comprima. Continué andando por la calle. Allí estaba el gran roble que siempre me impresionaba por lo enorme que parecía y las ardillas que lo poblaban. Después estaba mi casa, es decir mi antigua casa, imponente casa de tres pisos, con el balcón en la segunda planta donde me sentaba a leer libros cuando el tiempo lo permitía. Parecía que hacía tiempo que no pasaban el cortacésped por el jardin delantero. Sonreí, pero no quise llamar al timbre. Ya no había nadie. Solo necesitaba saber que estaba allí.

No se cuanto tiempo me pasé en la calle, contemplándola, pero había llegado la hora de volver. Ya había visto lo que quería ver. Volví a la cancha de baloncesto y al coche. En la calle principal había divisado un hotel, me quedaría allí para intentar volver a mi vida normal al día siguiente. Continué por Homestead, desde donde estaba se hacía difícil ver donde acababa la calle, sobre todo por los robles que poblaban las aceras.

Después de unos 10 minutos conduciendo, volví a ver una cancha de baloncesto. No podía ser la misma. Que raro, no me acordaba que hubiese dos en la misma calle. Pero después apareció el gran roble y después mi casa. Frené en seco. Me di cuenta que no había visto a nadie por la calle, aunque eso era normal. Lo que no era tan normal era que no circulasen coches.

Intenté después volver a la calle Gurdy, pero volví a aparecer en Homestead. "Las luces", pensé. Encendí las luces del coche y volví a intentarlo, pero no conseguí salir de la calle. Así llevo un día entero. Por eso escribo este post. No se si se podrá publicar, o solo lo podré ver yo desde mi móvil. Nadie contesta mis llamadas, el gps "no encuentra satélites" y estoy casi sin batería y gasolina.

He encontrado un balón de baloncesto así que al que me busque, estaré aquí practicando un poco, como antes. Luego iré a comprobar la casa. Puede que me dejara libros allí. Quizás música también. Tenía un CD de rock con una portada negra con una pluma cayendo, que escuchaba mientras estaba tumbado en la cama. Todavía me sé las letras de memoria. Así que quizás esté en la casa cuando lleguéis. No tiene perdida.



lunes, 14 de enero de 2013

Táctil

Me pregunto que pasa. Cuando después de años de leer libros electrónicos, tus dedos vuelven a tocar las tapas blandas de un libro de papel. Seguro que te sientes impulsado a acercar la nariz y oler la mezcla de papel y tinta que sube por tus fosas nasales hasta impregnarse en tu cerebro. Éste no puede procesar la sensación de cuando pasas la mano por la portada. Lisa y firme es todo cuan llegas a discernir, menos por los relieves que conforman el título de la novela: "Astam". Giras la tapa y parece que lo fuerzas, que el libro no quiere ser leído, como si lo violases. Así que das la vuelta unas cuantas hojas más hasta la introducción. Tu dedo índice se desliza por el filo de la hoja, hasta que al apartarlo de un golpe, de la yema cortada surge una gota de sangre. "Esto es una mierda" dices. Te chupas el dedo, pero sale otra gota y cae sobre un espacio en blanco de la hoja. Cierras de un golpe el libro y lo tiras contra una esquina. "¡Bah!, me lo descargo".

lunes, 29 de octubre de 2012

Trabajando

- Oye Mikel, con tanto que hablas.. ¿Por que no vas a vivir a Japón?
- Pues si, pero es que allí trabajan seis días a a semana y paso de andar todo el dia trabajando.
- Ja,ja.. ¿Y que?¿Es que ahora no lo haces?
Y tenía razón.

sábado, 27 de octubre de 2012

Cómo conocí a Ana.


Mientras me tomaba un café, le vi entrar. Era un señor mayor de setenta y tantos. Tenía el pelo lacio y anaranjado, de tanto teñírselo, del que sobresalían mechones canosos. Iba agarrado del brazo de su presumible mujer, con el mismo color de pelo y similar edad. Entrecerrando un poco los ojos era difícil saber quien agarraba a quien del brazo. Lentamente se dispusieron ante la máquina tragaperras. Mientras el hombre apretaba los botones con toda la fuerza que su cuerpo ajado le permitía, la mujer permanecía observante. A veces le señalaba con un dedo tembloroso a qué botón le tenía que dar. La máquina les agradeció la compañía y les otorgó 20 €. La pareja continúaba jugando, hasta que se quedaron sin nada, sin el premio y sin el dinero que traían. Entonces lentamente se marcharon por donde habían venido. Me terminé el café y el periódico y dejé unas monedas en la barra como pago, mientras los currelas que desayuban a mi lado hablaban de Trosky y Stalin.

Al volver a por un café al día siguiente, me tropecé en la acera de en frente con una cartera de cuero negra en el suelo. Miré a los dos lados de la calle y la recogí. No había dinero dentro, solo unos carnets y unos vales de supermercado. El DNI era de los antiguos, así que me llamó la atención. Antonio Lahoz Hornos. Me sonaba el tipo de pelo naranja de la foto. Era el abuelo de la máquina tragaperras. Busqué la dirección que figuraba en el carnet con ayuda de mi teléfono inteligente, era un par de manzanas de allí. Me pareció entrañable la pareja así que me dispuse para mi buena acción del día, está bien, del mes.

Como todas las casas de alrededor, el número 15 era un edificio de tres plantas, con un color ocre crudo de fachada. A un lado del portal había una tienda de libros independentistas y al otro una tiendecita de muebles antiguos. La puerta era metálica con tres o cuatro vidrios alargados de arriba a abajo y un gran tirador con forma de boomerang.
- ¿Quien?- dijo una voz ronca por el telefonillo.
- Verá, se le ha caído la cartera en frente del bar y la he encontrado.
Sonó el zumbido de apertura de la puerta y la tuve que empujar con el hombro para entrar. No había mucha luz dentro. A duras penas pude discernir las escaleras delante mío. Me giré en busca de un interruptor. Lo presioné, pero aquel lugar tragaba la luz. No había ascensor, así que comencé la ascensión al tercer piso por las estrechas escaleras de madera astillada. Las paredes estaban completamente desconchadas. Tenían ronchones grises, marrones y negros, además de un incontable número de diferentes manos de pintura. Por no decir que no me atrevía a posar la mano en la barandilla. Parecía un edificio abandonado, abandonado a su suerte. Todavía se podía leer "planta primera", escrito a brocha gorda en rojo en la pared del rellano. "Planta segunda" apenas se podía leer. En la planta tercera se acababan las escaleras y el edificio. El timbre de la puerta 2 era negro, pequeño y cilíndrico, con un embelledor circular. Cuando lo apreté, antes de que sonase, se podía oir el plástico del interruptor quejándose. El hombre del pelo naranja abrió la puerta unos 3 cm, hasta que la cadena no dejó abrirla más y la puerta dió un golpe.
- La cartera. - me murmulló el hombre.
Su actitud me pilló desprevenido. "De nada" le contesté. Y le pasé su preciada cartera a traves de la rendija. El hombre cerró la puerta con un golpe seco. Me quedé mirando fijamente la puerta un par de segundos. 

Al darme la vuelta, oí voces en el interior, discutiendo. La puerta se volvió a abrir, esta vez sin la cadena.
- ¿Que quiere un café? - me preguntó Antonio cabizbajo - Gracias por la cartera - añadió con su voz de fumador.
- Encantado, siempre apetece un café. - respondí sonriendo.
La casa era muy luminosa. Justo delante de la puerta se extendía el largo pasillo hasta el fondo lleno de ventanales en la parte la derecha. A la izquierda estaban las habitaciones. El suelo era de piedra con decoraciones en mosaico. En el recibidor había una mesa de cocina rectangular rodeada de tres sillas. El hombre se sentó despacio delante mío.
 -¿Quiere leche en el cafe? - me preguntó.
- Si puede ser sí.
- ¡Ángela, con leche! - bociferó. Y enmudeció.
Me quedé mirandole un par de segundos y ante la incomodidad, me senté en la silla justo delante mío y miré por el ventanal. La vecina del edificio de en frente, atabiada con su bata azul de hacer las tareas, estaba colgando las sábanas en el tendedero.

Oí unos pasos arrastrándose y una taza tambaleándose. Era Ángela con el café. La taza era pequeña y de cristal y con un platillo a juego, donde reposaba con un par de terrones de azúcar y una cucharilla. Como pudo, lo dejó encima de la mesa y sonrió. "Gracias", le dije. Se volvió hacia la cocina. Sumergí lentamente un terrón en el café, ante la atenta mirada de Antonio. Me gusta ver como el azúcar absorbe el café y éste se queda dentro sin salida, hasta que finalmente lo suelto, y el azucarillo se deshace dentro del café. Le dí un par de vueltas con la cucharilla y pegué un sorbo. Sabía a que Ángela había colado el café con la bayeta de los platos. "Está muy bueno", le dije al hombre que permaneció en silencio. 

La mujer volvió más tarde con un plato de loza lleno de pastas de manteca. "No hacía falta" le espeté con una sonrisa falsa. Pero dejó el plato en la mesa y se sentó sonriente a mi izquierda. Me observaba mientras daba otro sorbo al café intentando contenerme las muecas espontáneas. Después de inspeccionar las pastas secas, me decidí por una que tenía una almendra encima. La sostuve con dos dedos y le pregunté "¿Las ha hecho usted?". Fue Antonio quien me respondió: "No, que va, son de caja". Ángela le miró de reojo incriminatoriamente. Le dí un mordisco y se deshizo enseguida en mi boca, era como arenisca, pero en empalagoso. Miré el interior de la masa y me pareció ver algo viscoso en el interior. Me fijé meticulosamente y eso se movía, se revolvía mejor dicho. Levante los ojos hacia Ángela y ella me sonría. Antonio estaba serio, conformándose con que me tomase mi café y saliese cuanto antes. 

"Muy buenas las pastas también señora", le dije. Me volvió a responder Antonio: "Las tenemos por si vienen invitados". Yo me empezaba a preguntar que hacía allí. Cada vez que daba otro mordisco a la eterna pasta, mandaba mensajes a mi lengua que durante unos minutos cortase la corriente de las papilas gustativas. Terminé por fin, mi café y me excusé, "Me tengo que marchar". La mujer mostró cara de decepción. Se levantó cuidadosamente y me acompañó un par de pasos hasta la puerta. "Otra vez cuidado con la cartera, guárdenla bien dentro del bolsillo", les dije. Me despedí, "Gracias por el café", mientras pasaba por el umbral de la puerta. "Gracias," me susurró Ángela cerrando la puerta. 

Así, me encontraba de nuevo en el pasillo oscuro, esperando acordarme cómo salir del edificio indemne. Cuando por fin descendí hasta el portal y salí a la calle, no pude más y vomité allí mismo, a un lado, en una jardinera antigua que había como decoración delante de la tienda de muebles antiguos. Y ante la mandíbula caída de Ana, la dependienta.